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martes, 8 de agosto de 2017

ALPISTE




¡Se trataba de eso!

¡Y yo que siempre pensé que volaríamos juntos hasta el punto exacto en donde el final del día se cruza con el horizonte!

¿En qué momento decidiste entrar en la jaula con tu propia llave?

¿En qué momento preferiste tirar esa llave para no tener tentaciones?

¿Tanto miedo o tanta hambre tenías?

Yo te hubiera dado parte de mi coraje y parte de mi sustento.

Y ¿ahora?

Imaginar que vuelas no es volar.

Incluso soñar que vuelas no es volar.

Vivir no es imaginar ni soñar, vivir se parece más a luchar, a sufrir, a no saber lo que va a pasar.

La vida no puede entregarse por un puñado de 'alpiste'. Eso es rendirse.

Te echaré de menos a mi lado cuando mis alas apenas puedan batir contra el viento, cuando cansado de sobresaltos y saturado de platos vacíos revise todos los vuelos de mi vida y me dé cuenta de que pudiste elegir estar en ellos y que un puñado de 'seguridad' -entregada cada día a cambio de unos míseros granos de certeza- me arrebató el mejor compañero de viaje que pude tener.

Te echaré de menos, sí, pero sé que jamás sobreviviría volando dentro de mi mente, por lo que es el momento de decirte adios, de desplegar las alas y dejar que sea el viento el que enjugue mis lágrimas, esas que tú nunca verás porque la libertad obliga a no mirar atrás.













domingo, 2 de julio de 2017

CIO-CIO-SAN (Ilusión de Vida)




«Un bel dì vedremo…»  

«Un bello día veremos levantarse un hilo de humo en el extremo confín del mar»

Así empieza una de las arias de ópera más famosas de la historia.

Esperanza, espera y desesperación.

Más de 100 años han pasado desde que Puccini dejase de retocar el libreto de Madama Butterfly y sin embargo éste tan actual como el primer día.

Sin equilibrio, sin reciprocidad, nada funciona. Si das tienes que recibir. La mayoría damos mucho más de lo que recibimos (precio y valor nunca estuvieron tan alejados).

Esperar algo que nunca vendrá, o que llegará viciado, es engañarse a uno mismo. 

Preguntas que sobrevuelan y que amenazan con aplastarnos ¿seremos reemplazados por unas máquinas que la mayoría no entendemos? ¿viviremos esperando una revolución humanista que podría no llegar nunca?

Esperanza de vida. Un término diabólico. Mejor nos iría si al construir la típica frase «la evolución tecnológica permitirá un aumento importante de la esperanza de vida» pudiésemos sustituirla por algo como «la evolución tecnológica permitirá un aumento importante de la ilusión de vida»

Yo no quiero tener esperanza de vida, quiero tener ilusión de vida.

Tener esperanza es asumir que estoy en una situación imperfecta y anhelar que, algún día, esa situación pueda mejorar hasta el punto que ya no necesite volver a esperar nada mejor.

Tener ilusión es dejar de preocuparse por lo que soy ahora, asumirlo como válido y enfrentar el camino de la vida con una curiosidad positiva, con la certeza de que me iré encontrando cosas en ese camino que mejorarán mi existencia. 

Es la certeza de la incertidumbre: saber que algo habrá y saber también que nunca podré saber lo que es hasta que lo haya encontrado.

La esperanza es la madre de la desesperación y la mayor aliada del conformismo y el autoengaño. Cuando ves que tu tiempo se acaba, y lo anhelado por tanto tiempo no llega, te conformas con lo que tienes y creas una realidad basada en los ‘podría ser peor’.

La ilusión es hermana de la curiosidad y ésta del descubrimiento. Curiosidad llevada en volandas por un movimiento continuo hacia la fascinante incertidumbre de la vida. 

La vida se acaba cuando sólo nos queda la esperanza. Y, sin embargo, la vida vale la pena, incluso en la expiración del último hálito, si hay en nosotros un gramo de ilusión.

Ilusión entendida como entusiasmo, esa adhesión fervorosa que nos mueve a luchar por una buena causa, la de ser felices mientras vivimos.

La esperanza acaba con Cio-Cio-San. La muerte auto inflingida como punto final de la espera.

No le ha valido la pena, pero ella ya nunca lo sabrá. ¡Viva la ilusión que nos aleja de la muerte en vida!

domingo, 11 de junio de 2017

DIAGNÓSTICO




Andrés Rábago García (El Roto) frisa los 70 sino los ha cumplido ya. Y, aunque el tango dice que «veinte años no es nada» yo creo que en esta ocasión sí son algo. Son ese algo que él ha vivido y yo no sé si viviré. Son infancias y juventudes desacompasadas que se acaban encontrando en una madurez que para él quizá sea más madurez que para mí. 

Siempre mordaz, nada cínico, removiendo conciencias inteligentes, hoy me obligo a hacerle un merecido homenaje al encontrarme con esta viñeta. Guardaría un minuto de silencio, solemne me llevaría la mano derecha al pecho (él se llevaría la izquierda), pero sólo estaría confundiendo al que mira pero no ve, seguro que pensaría que alguien había muerto y El Roto no creo que muera nunca (aunque Andrés tenga que hacerlo algún día).

En un mundo cuya única vara de medir son los dólares que la mayoría no tenemos ni tendremos nunca, siempre nos están cambiando el diagnóstico (como dice El Roto), sobre todo cuando observan que no estamos en disposición de sacar la cantidad necesaria de nuestro propio bolsillo y empezamos a costar más de lo que contribuimos.

Por eso no nos podemos permitir la ingenuidad, esa sensación maravillosa que tienen los niños pequeños de que nadie hace las cosas con fines abyectos, con la intención de beneficiarse tanto en cuanto te perjudica a ti. 

Ya no somos niños, Andrés algo menos que yo, y sabemos que nos seguirán cambiando el diagnóstico las veces que haga falta si descubren que no podemos pagarnos nosotros mismos el tratamiento. 


Y, una de esas veces, el diagnóstico será acertado, porque ya no tendrá remedio, y será entonces cuando, lo nuestro, nos saldrá a todos baratísimo.

lunes, 1 de mayo de 2017

ÍTACAS

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca 
pide que el camino sea largo, 
lleno de aventuras, lleno de experiencias. 

No temas a los lestrigones ni a los cíclopes 
ni al colérico Poseidón, 
seres tales jamás hallarás en tu camino, 
si tu pensar es elevado, si selecta 
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo. 

Ni a los lestrigones ni a los cíclopes 
ni al salvaje Poseidón encontrarás, 
si no los llevas dentro de tu alma, 
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo. 
Que muchas sean las mañanas de verano 
en que llegues -¡con qué placer y alegría!- 
a puertos nunca vistos antes. 

Detente en los emporios de Fenicia 
y hazte con hermosas mercancías, 
nácar y coral, ámbar y ébano 
y toda suerte de perfumes sensuales, 
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas. 

Ve a muchas ciudades egipcias 
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente. 
Llegar allí es tu destino. 
Mas no apresures nunca el viaje. 

Mejor que dure muchos años 
y atracar, viejo ya, en la isla, 
enriquecido de cuanto ganaste en el camino 
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje. 
Sin ella no habrías emprendido el camino. 
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado. 
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia, 
entenderás ya qué significan las Ítacas.




Empiezo a entender lo que significan mis Ítacas. 

Quizá soy algo más sabio, seguro soy más experimentado.

Aunque todavía mi viaje no ha hecho más que empezar.

Vivir es mi viaje.

Ítaca es mi morir.

Soy lo que he vivido.

No hay futuro, sólo existe el pasado.

El presente se evapora, deja de existir en cuanto pronuncias su nombre (como el silencio).

Sin embargo aún puedo crear un pasado 'óptimo', el más parecido al que me gustaría evocar en cada momento que me quede de 'viaje' hasta llegar a mi última Ítaca.

Sólo tengo que intervenir conscientemente en cada momento presente, ahí es donde fabrico verdaderamente mis recuerdos 'óptimos', que son los 'ladrillos' de mi Villa Pasado.

Una Villa que es, nada más y nada menos, el lugar donde me gustaría morir, orgulloso de mi viaje, feliz por haber viajado.

Un Carpe Diem consciente es la única forma de construir el pasado que nos gustaría llegar a tener. 

Y evocar ese pasado 'óptimo' la única forma de ser feliz en la vida.











miércoles, 11 de enero de 2017

AUSENCIA

Madrid, 11 de enero de 2017.

Hace cinco años escribí en mi libro ‘No hay huevos. La locura de ser emprendedor en España’ las siguientes palabras:

«Imagínate por un momento que estabas casado y que por causa de que eres un emprendedor fallido (o por cualquier otra) tu pareja o tú decidís divorciaros y la sentencia firme que regula tu nueva situación establece una pensión de alimentos a favor de tus hijos o una pensión compensatoria a favor de tu ex cónyuge y, al no disponer tú de dinero alguno para pagarla, recibes una denuncia por vía penal acusándote de abandono familiar.

Al menos en la cárcel no tendrás que preocuparte de la comida ni de las deudas pendientes por un tiempo.»

No pretendía ser profeta, la madre de mi hijo Manuel y de mi hija Raquel, funcionaria, ya me había denunciado por esa vía, imagino que ‘asesorada’ en el sentido de que el dinero o las propiedades ocultas que yo pudiera tener aparecerían como por arte de magia ante el miedo a entrar en prisión. 

Crear está reservado a los dioses. Lo que no existe no suele aparecer. Y las consecuencias de ciertas acciones escapan al control de quién decide tomar el camino equivocado.

Y aquí estamos, escribiendo esto a pocas horas de entrar en prisión por no tener dinero y ‘parecer’ que sí lo tienes sólo por el cliché que domina este país respecto a los empresarios (o a los que un día lo fuimos): «seguro que algo tendrás ‘guardado’ por ahí de todo lo que has ganado».

Tras la ruina más devastadora hace ocho años, sin ingresos, sin patrimonio, sin segunda oportunidad, con mis hijos aleccionados para que, en caso de que yo me muera, acepten la herencia ‘a beneficio de inventario’ para no cargarse con unas inmensas deudas avaladas por su padre que no prescriben nunca, tras más de cuatro años de proceso judicial, tras probar la dureza del banquillo de los acusados arropado por un abogado de oficio gracias a haber obtenido el beneplácito de la ‘justicia gratuita’,  tras una sentencia condenatoria donde se dice… 

«Estimamos adecuado optar por la pena de multa considerando que debe reservarse la pena de prisión en cuanto que privativa de libertad, como último recurso, por ello procede imponer al acusado la pena de 6 meses de multa con una cuota de 5 euros, con el fin de priorizar el cumplimiento del pago de la pensión alimenticia y la pensión compensatoria.
Por todo ello, el acusado deberá abonar en concepto de multa la cantidad de 900 euros. En caso de impago, cumplirá un día de privación de libertad por cada dos cuotas de multa no satisfechas.»

… tras todo lo anterior… un pequeño problema: para poder cumplir la pena de multa y no ir a la cárcel (o sea, pagar los 900 €) hay que abonar primero la responsabilidad civil; y como yo no tengo los más de 54.000 € que me piden por ese concepto pues, sintiéndolo mucho, me voy 3 meses a prisión.

Aquí es donde te viene a la mente la sabiduría leguleya popular que dice que en España no entra en prisión nadie que no tenga antecedentes penales y cuya condena sea menor de 2 años. Craso error, es importante -para que esto suceda- que haya algún resarcimiento del daño civil (o sea, que pagues) y entonces, a criterio del juez, podrías tener suerte y te podrían sustituir la pena por trabajos en favor de la comunidad.

Y eso pensaba yo -que tendría suerte- cuando hice esa petición a la jueza que me había condenado. 

No hubo tal, ella considera en el auto en el que me deniega la sustitución de la pena de prisión por trabajos en favor de la comunidad lo siguiente «si bien el condenado ha sido declarado insolvente, esto no implica que carezca de bienes, sino que el juzgado no ha encontrado sobre los que trabar embargo.»

Ante esto sólo me queda decir, con cierta desazón, que en España ‘todos los empresarios somos culpables hasta que demostremos lo contrario’, qué se le va a hacer, parece que, cinco años después, sigue siendo verdad la primera frase de mi libro «Créeme, sé de lo que hablo. España, hoy, no es país para emprender.»

Siempre he tenido claro que existe ‘mi verdad, tu verdad y la verdad’, y por supuesto todo en la vida es matizable y puede estar sujeto a interpretaciones subjetivas, pero lo que es objetivo es que yo, frisando en los cincuenta, ingreso en prisión en unas horas, quizá porque soy masoquista o imbécil, que todo puede ser, y por muy raro que pueda parecer, todavía no he encontrado a nadie tan empático y solidario que quiera cambiarse por mí (debe ser que lo de la cárcel no ‘mola’).

Sin embargo -sin ironía- soy muy afortunado, no paro de recibir el apoyo de quienes me conocen de verdad y saben que, incluso de esta atípica experiencia, saldré reforzado (ya os lo contaré, amigos, dentro de unos meses) y que podré utilizarla para ayudar a otros a no tener que pasar por algo similar.

Ser o parecer. Ser rico o parecerlo. Queda claro que es mejor lo primero, porque parecer que tienes, en este país, te puede llevar a la cárcel.

No puedes estar alegre si estás arruinado, no puedes caminar con la cabeza bien alta, no puedes vestir adecuadamente, no puedes estar en frenética actividad buscando esa segunda oportunidad, no puedes tener buenos amigos, no puedes mirar hacia delante, no puedes… 

¡Qué absurdo este mundo que mira y no ve! 

Reo, prisionero de los prejuicios (de la sociedad, de la justicia, de la administración). Surrealista.

Si sufro ahora no es por mí, lo hago por los muchos que se quedan fuera, estupefactos, pensando que esto es una broma macabra y, muy especialmente, sufro por dos niños, rehenes involuntarios de un dilema absurdo que nadie a lo largo de su vida debería jamás tener que responder ¿A quién quieres más, a mamá o a papá?

Gracias a todos los que, como yo, ya estáis empezando a contar los días que faltan para volver a abrazarnos.

Me podrán privar de libertad pero, como me enseñó alguien a quien quiero mucho, hoy más que nunca, hay dos cosas que jamás me van a poder quitar: «Dignidad y Elegancia».


Manuel Dafonte Catoira