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sábado, 27 de julio de 2013

NUESTRO TREN

Mi rutina es siempre la misma, quizá por eso se pueda llamar así. En la estación de Chamartín tomo un último café con mi amor y cuando las pantallas anuncian que el tren a La Coruña está ubicado en la vía 16, nos levantamos despacio, agarramos mi equipaje compuesto por una maleta grande y una pequeña bolsa de papel con asas y caminamos hasta la puerta del ascensor que baja al andén. Nos besamos y yo siempre le digo que la quiero y que sonría, porque puede ser la última vez que nos veamos, a lo que ella siempre responde frunciendo el ceño con un “no seas tonto, no tiene ninguna gracia”.

En el andén, ya cautivo de mis pensamientos, paso el control de equipajes y me dirijo hacia mi vagón de clase turista que normalmente está en la parte más alejada de la estación, lo que supone una larguísima caminata para mí y se convierte en una verdadera prueba de resistencia física para muchos viajeros cargados de equipaje.

Mi maleta, por sus dimensiones, encaja como un guante en la parte baja del lugar dedicado a equipajes situado al principio del compartimento y allí la encastro con la falsa sensación de que no habrá ladrón capaz de hacerla bajar en una estación anterior a la mía aunque yo no la vigile.     
Las  maletas de otros pasajeros, especialmente personas de edad muy avanzada o madres que viajan solas con niños pequeños, también forman parte de mi responsabilidad ya que siempre acabo ayudándoles a colocarlas de la mejor manera posible en una demostración de caballerosidad que, más de una vez, ha tenido consecuencias en mi pobre musculatura. En fin, es el egoísmo propio del que busca la recompensa del agradecimiento.

Cuando he comprobado más de una vez que el número y la letra de mi asiento coinciden con los que aparecen en el billete, suelo tomar posesión rápidamente del mismo. Generalmente viajo en ventanilla porque me permite utilizar el gancho a modo de perchero que está en un lateral de la ventana y disponer así de otra falsa sensación de seguridad, la de que mi documentación guardada en la cartera que, a su vez, descansa en el bolsillo interior izquierdo de mi chaqueta, no estará al alcance de cualquiera.

Mi bolsa de papel suele contener un libro, una pequeña libreta, el cargador del móvil y, lo más importante, dos bocadillos, uno para la comida y otro para la merienda, una o dos botellas de agua, alguna pieza de fruta y unas onzas de chocolate para endulzar el largo trayecto.

Si la llamada de la naturaleza o el nivel de batería del móvil no me obligan a levantarme de mi asiento de ventanilla, con esta preparación previa, estoy listo para pasarme las próximas seis horas y media sentado. Si este vagón tuviese enchufes en los asientos, el factor ‘batería’ quedaría descartado como motivación para abandonar mi asiento pseudo reclinable, pero lo cierto es que actualmente tanto la necesidad de electricidad como las otras ‘necesidades’ sólo se pueden resolver en los aseos del tren.

Antes de que el convoy se ponga en marcha con puntualidad británica a las 15:00 h, ya estoy dando buena cuenta de mi primer bocadillo, de ese modo, con el estómago lleno,  puedo estar seguro de que cuando el tren pare en Segovia 30 minutos después de su salida de Madrid, podré relajarme viendo la primera de las películas que RENFE nos ofrece gratuitamente junto a los correspondientes auriculares.

Un vagón de clase turista en un tren de Madrid a Galicia es un crisol de historias muy variopintas, historias que sin duda son más producto de tu imaginación que de los detalles reales que sueles percibir, detalles que apenas logran darte pistas para interpretar de forma coherente lo que hay detrás de tus compañeros de viaje. Todo lo que percibes cuando ellos hablan por teléfono, comparten algunas impresiones con su vecino de butaca (sea éste conocido o no), cuando leen un cierto tipo de revista, se llevan a la boca una especialidad concreta de comida, cuando visten de una manera o, incluso, cuando deciden voluntariamente quedarse dormidos la mayor parte del viaje no es suficiente para conocer ni una pequeña parte de su vida pero a mí me ayuda a imaginar.

Hasta Zamora todo es alta velocidad, desde allí hasta Orense hay muchos tramos en los que el tren no consigue darle significado a esa palabra. Pero Orense te libera, te acerca a tu destino, especialmente cuando vas a La Coruña. Cuando estás allí parado sabes que “ahora sí”, que la velocidad alta te permitirá en media hora estar en Santiago y en otra media en la estación de San Cristóbal. Es el momento en que las más de cinco horas de viaje te pasan factura y te abandonas, ya has visto las dos películas, has leído, has escrito e, incluso, has merendado. Sólo piensas en llegar. Viajas en un tren sin enchufes, sin wifi y, la mayoría del tiempo, sin cobertura, pero aún así intentas ponerte en contacto con la realidad que está fuera de tu vagón y envías mensajes y correos electrónicos que suelen dormitar en tu bandeja de salida por muchos kilómetros, consultas unas redes sociales que te aportan información rancia e intentas conectarte a Internet sin resultado, llamas a tus familiares y amigos sabiendo que esas conversaciones serán un cúmulo de cortes y repeticiones de llamadas. En definitiva, viajas en tren a Galicia.

Te acercas a Santiago, la mayoría de los viajeros que te han acompañado siguen en el vagón, pocos han sido los que se han ido bajando en las estaciones anteriores en relación a los que, ahora sí, ya se ponen de pie para recoger sus cosas y dirigirse hacia la puerta de salida. Ellos saben que en menos de diez minutos el tren abrirá sus puertas en Compostela y que, rápidamente, las volverá a cerrar. Tienen que estar preparados.

Te despides con la mirada de muchos de ellos, sonríes la ternura de algún niño pequeño y piensas de nuevo en las historias fabricadas que tu mente no ha sido capaz de completar en las más de cinco horas que habéis pasado juntos. Quizá haya otra ocasión, otro viaje, para seguir armando el puzzle de sus vidas.

Vuelves a enredarte en tus pensamientos, la mente no puede estar inerte, salta de una idea a una sensación, de un recuerdo a una esperanza y, de repente eres consciente de que tras una próxima curva y un pequeño túnel llegaremos a Santiago. La rutina, lo habitual de tantos viajes.

Pero el viaje del día 24 de julio no fue un viaje cualquiera, ese día nada sucedió como tenía que suceder. El día 24 se completaron en apenas 10 segundos 78 historias imaginadas. Con un punto y final inesperado, dando un carpetazo a la vida, esas historias pasaron a formar parte de la Historia de España sin permiso, de forma tan injusta como inesperada.

Yo no estaba allí, pero tengo la sensación de que parte de mí viajaba en ese tren. Y siento también que la vida me ha dado otra oportunidad para seguir siendo feliz, la maravillosa oportunidad de llamar al amor que hay en mi vida y poder decirle una vez más “Hola cariño, ya he llegado. Te quiero”


*Escrito el 26 de julio de 2013 en homenaje a las víctimas del accidente de tren Madrid-Ferrol.                      

   

lunes, 1 de julio de 2013

GALATEA *

El mito del emprendedor, la mitología del emprendimiento.

No se trata de crear nuestra Galatea, pero sí de encontrar algo que se le parezca lo máximo posible, varias veces, las veces que haga falta.

El emprendedor, cual Pigmalión, sueña con una empresa capaz de hacerle feliz, un lugar en el que el éxito económico y el placer de trabajar se combinen el máximo tiempo posible.

La realidad que suele encontrarse es otra: si emprende algo que le hace feliz puede que no sea sostenible a largo plazo o que, simplemente, no satisfaga sus expectativas de beneficio económico razonable. Si es muy rentable a corto puede que no tenga nada que ver con su felicidad y que, a medio plazo, cuando el negocio deje de serlo, al emprendedor no le quede nada a lo que agarrarse.

Muy pocas veces los ‘dioses’ se apiadan del emprendedor concediéndole cumplir su sueño y haciéndole ganar mucho dinero en un negocio que sea fuente de felicidad duradera.

El enfoque emprendedor deberá ser otro, deberá alejarse del mito a largo plazo porque lo único que conseguirá es enamorarse de una estatua que nunca cobrará vida por mucho que sueñe.

Se trata de ‘esculpir’ una Galatea tras otra, sin enamorarse de ninguna de ellas, se trata de crear una empresa equilibrada, donde felicidad y rentabilidad estén presentes en dosis aceptables, se trata de dejar marchar a una Galatea cuando notemos los primeros signos de agotamiento, se trata de prepararnos para recibir a una nueva Galatea que nos lleve de la mano hasta la siguiente.

Seremos emprendedores sucesivos por necesidad, capaces de reinventarnos para sobrevivir a nosotros mismos, a la desidia,  a la displicencia,  al hastío. No dispondremos de grandes cantidades de dinero con las que podamos comprar el derecho a llamarnos inversores, nuestro tiempo estará limitado a 86.400 segundos diarios con los que, por mucho que lo intentemos, no lograremos trabajar con éxito en más de dos proyectos empresariales al mismo tiempo y, por eso, nunca seremos multiemprendedores aquí y ahora.

Seremos monógamos sucesivos por necesidad, observaremos la poligamia emprendedora instalados, si cabe, en un concubinato ocasional con algún negocio al que no podremos atender como “manda la ley”, y deberemos estar preparados para asumir  todo ello.

Viviremos más y deberemos trabajar mucho más tiempo, seamos emprendedores precoces o tardíos tendremos que adaptarnos, cambiar de Galatea las veces que haga falta, aprender a gestionar el fracaso (probablemente un hecho objetivo mucho más recurrente en nuestra larga vida empresarial que la fútil sensación de éxito).

Empecemos por tanto hoy mismo a esculpir nuestra próxima Galatea, enamorémonos de cada golpe de cincel y del polvillo que se fundirá con el sudor de nuestro rostro. Disfrutemos con la  imperfección de la obra y hagamos que el mercado valore cuanto antes sus atributos y su belleza intrínseca aún sin pulir.

Emprendamos sin que la incertidumbre sea un lastre, al fin y al cabo ya sabemos que, tarde o temprano, tendremos que emprender de nuevo.

Enamorémonos mucho más de la idea de emprender que del sueño de un emprendimiento perfecto que nunca existirá, o que, por etéreo, apenas podremos disfrutarlo un leve instante antes de ver como se volatiliza ante nuestros ojos inundados de lágrimas y mitología. 

                                                  
*Pigmalión, rey de Chipre, buscó durante muchísimo tiempo a una mujer con la cual casarse. Pero con una condición: debía ser la mujer perfecta. Frustrado en su búsqueda, decidió no casarse y dedicar su tiempo a crear esculturas preciosas para compensar la ausencia. Una de estas, Galatea, era tan bella que Pigmalión se enamoró de la estatua.
Mediante la intervención de Afrodita, Pigmalión soñó que Galatea cobraba vida. En la obra Las metamorfosis, de Ovidio, se relata así el mito:
Pigmalión se dirigió a la estatua y, al tocarla, le pareció que estaba caliente, que el marfil se ablandaba y que, deponiendo su dureza, cedía a los dedos suavemente, como la cera del monte Himeto se ablanda a los rayos del Sol y se deja manejar con los dedos, tomando varias figuras y haciéndose más dócil y blanda con el manejo. Al verlo, Pigmalión se llena de un gran gozo mezclado de temor, creyendo que se engañaba. Volvió a tocar la estatua otra vez y se cercioró de que era un cuerpo flexible y que las venas daban sus pulsaciones al explorarlas con los dedos.
Al despertar, Pigmalión se encontró con Afrodita, quien, conmovida por el deseo del rey, le dijo "mereces la felicidad, una felicidad que tú mismo has plasmado. Aquí tienes a la reina que has buscado. Ámala y defiéndela del mal". Y así fue como Galatea se convirtió en humana.

                                               Fuente: http://es.wikipedia.org/wiki/Pigmali%C3%B3n