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lunes, 24 de marzo de 2014

NEGRO MURO

Apo tiene una edad, aunque no quiere que se sepa. Negro como la mayoría de sus compañeros, ahora está algo teñido: de rojo y de roja. De sangre y de España.

Apo tiene una patria pero no le importará relegarla a lo más profundo de sus recuerdos por un tiempo. Todo porque no quiere que más de dos años de viaje acaben en el mismo lugar donde empezaron.

Apo tiene una madre y, probablemente, un padre, aunque no lo haya conocido jamás. Y también una hermana, Amila, al menos es así como aparece en su perfil de Facebook, porque Amila tiene Facebook, y Apo también.

Una página en la que ha ido relatando su odisea cuando ha podido acceder a Internet desde su subsahariano teléfono móvil. Un muro lleno de fotos que nos hablan más de una huida que de una emigración.

Apo hoy está feliz, su sonrisa le delata, en la última foto que ha subido a la red esa sonrisa es más blanca que nunca, media luna que refulge como seguro lo hizo el satélite en algunas de las noches frías en las que Apo durmió mirándolo fijamente.

Apo ya está con nosotros y planea quedarse por mucho tiempo. Por sus venas fluirá durante años la esencia de la necesidad y, aunque es muy joven, tardará en olvidar por qué se fue y para que vino. Facebook estará siempre ahí para recordárselo y para que sus ‘amigos’ de allá abajo sigan su ejemplo y empiecen su propia odisea hasta llegar a un negro muro, negro de noche oscura, negro de piel y de futuro negro, un muro digital lleno de aristas donde perder las huellas, un muro donde las únicas fotos que se pueden subir son autorretratos de poca carne y de muchos huesos.

En poco tiempo Apo chapurreará un castellano eficiente que le permitirá buscarse la vida cada vez mejor, y seguirá compartiendo nostalgia y penalidades en su lengua natal con otros como él que, sino totalmente, algo le entenderán.

Su muro de Facebook se alimentará mejor que él, ya que Apo no puede permitir que su hermana sea la que invente las mentiras sobre España que su madre necesita oír, pero llegará un día en que Apo chocará con ese techo de cristal que a todos devuelve una imagen apagada, de un hombre mayor que nadie reconocería como el joven que traspasó aquella valla metálica, un cristal, cual espejo retrovisor, que idealiza lo que un día se quedó tras ese muro.    

Apo se engañará a sí mismo, como todos, y se convencerá de que las cicatrices todavía visibles de su cuerpo y las heridas siempre abiertas de su alma son un justo peaje por franquear una barrera hacia una vida mejor de la que hubiera tenido. Pensará que sólo debe arrepentirse de lo que no ha hecho, que lo que sucede conviene y que a él le han sucedido tantas cosas que no tiene derecho a quejarse.

Y su muro, que poco a poco irá siendo algo menos negro y un poco más gris, reflejo de sus cabellos tempranamente encanecidos y de sus recuerdos metálicos, seguirá proyectando una vida idealizada para quien, al otro lado del mundo, en un lugar enfrascado eternamente en conflictos alimentados por la miseria y la codicia, quiera creérsela.

Apo, como siempre ha hecho desde que salió de su otra patria, comprueba el nivel de batería de su móvil, de forma obsesiva, cada cinco minutos. En una de esas miradas furtivas descubre un mensaje. Es un mensaje de Facebook, firmado por un tal Mark, que le da las gracias por formar parte durante tanto tiempo, y de un modo tan activo, de su red social. Un mensaje donde Mark le invita a ver un vídeo hecho especialmente para él titulado Look back.

Apo posa su dedo corazón encima del enlace, duda un instante y, al final, presiona. Al cabo de unos segundos decenas de imágenes aparecen ante sus ojos transportándolo a través de una vida que, ahora lo sabe, nunca fue la suya.

Fundido en negro, fin de la historia, de nuevo delante de un muro. Ahora sólo le queda decidir si lo llena de auténtica vida. 

Apo apaga el móvil por primera vez en muchos años, se seca las lágrimas y, sin que nadie pueda evitarlo, se deja caer a la vía justo antes de que el metro frene en su última estación.

sábado, 8 de marzo de 2014

EMPRECARIOS

Hace unos días, antes de que WhatsApp pasase a formar parte de Facebook, circulaba por ambas redes un texto que nos avisaba de que vivíamos en momentos extraños. Nos decía que, en España, “la clase trabajadora no tiene trabajo, la clase media no tiene medios y la clase alta no tiene clase”.

Ironías aparte, esta referencia a las clases sociales nos trae a la memoria a Guy Standing y a su libro “El precariado”, un neologismo que explica muy bien la fragmentación social que se ha dado en España en los últimos siete años de crisis, donde la polarización de la sociedad se ha impuesto definitivamente, dejando en un lado a las plutocracias y oligarquías tradicionales que representan menos del 10% de la población y, en el otro, al más del 90% de los ciudadanos que han visto esfumarse sus ahorros, su protección social y su futuro laboral y que se han tenido que instalar en unas circunstancias de ‘normalidad’ que algunos han definido incluso como “miseria digital”.

Ya no importa tanto el origen o el nivel de formación de las personas, en España confluyen en esa nueva clase social obreros sin cualificación y licenciados universitarios, autónomos y trabajadores de multinacionales, artistas y funcionarios, hombres y mujeres, jóvenes sin experiencia y mayores de cincuenta con una larga y exitosa trayectoria laboral a sus espaldas. Es un batiburrillo difícil de clasificar, un grupo tan heterogéneo que ni siquiera muchos de sus miembros son conscientes de que pertenecen a esta ‘emergente’ clase social.

A todos les une, sin embargo, la imposibilidad de salir de este averno con techo de cristal blindado que los de ‘arriba’ se encargan cada día de reforzar un poquito más con el fin de que no haya filtraciones hacia sus dominios.

Pero es sin duda, la imposibilidad de reponer los pocos recursos de los que van echando mano para sobrevivir (ahorros, patrimonio, amigos, ilusión), el recorte inverosímil de gastos familiares hasta extremos de economía de posguerra y, por último, su inmersión obligada en la fosa abisal de la morosidad lo que, de verdad, les une.

Es absurdo seguir negándote a ti mismo que estás con todos nosotros en el precariado. Cuanto antes lo asumas antes podremos organizarnos para intentar ayudarnos a vivir en él sin renunciar a convertirlo en algo mejor, e incluso a experimentar con fórmulas que puedan quebrar el vidrio laminado de seguridad transparente que nos aisla, mientras nos permite verla, de esa otra vida: la ‘supervida’.

Si tus gastos son los mínimos posibles y aún así no puedes pagarlos, si tus ingresos son claramente insuficientes para garantizarte una edad de jubilación o para pagar el techo donde has de vivir, desengáñate, eres un precario.

“Con escasa estabilidad, seguridad o duración, que carece de los recursos y medios económicos suficientes” Así te define el diccionario.

Ahora bien, si además tienes un pequeño negocio y estás intentando sobrevivir de él, entonces, enhorabuena, ya eres EMPRECARIO, el súmmum del precariado.         

Como EMPRECARIO, de forma silenciosa, imperceptible, el virus de la precariedad se habrá ido instalando en ti, como la vejez, inexorable pero de ataque pausado y constante, haciéndote creer que a ti no te llegará a afectar nunca ya que, piensas, “sólo tengo que mirar un poco más lejos en mi horizonte vital para alejarla, total ahora se muere con más de 100”.

Pasará, vendrán tiempos mejores, sólo hay que ser optimistas y ‘apretarse los machos’ ahora. Pasará (gritas), seguro que pasará.

¿Y si fuese esa la clave? Pasar, en el sentido más anglosajón de dejar de estar en este mundo. Muchos EMPRECARIOS pensamos que es peor la muerte a plazos que el accidente fatal donde ya no es posible enviar mensajes de despedida pero la liberación es automática.

Somos EMPRECARIOS, subclase de un precariado, aferrados a una existencia entre marcas blancas y recuerdos de lo que un día nos pareció el triunfo merecido por tanto esfuerzo. Y tú eres uno de los nuestros porque no hay otro lugar en esta sociedad dual totalmente desequilibrada donde puedas esconderte.

Cuando preguntes a otro autónomo o pequeño empresario ¿Qué tal? y te responda con un lacónico –Tirando- habrás descubierto nuestra contraseña, nuestra palabra clave: tirando, vivimos, de una pesada carga que no nos deja avanzar, creer que otros tiempos  volverán.

¡Jamás! Nunca volveremos a ser los mismos, deberemos aprender a querer esa imagen difusa todavía que el espejo nos devuelve cada mañana y que nos muestra levemente en lo que llegaremos a convertirnos.

Sí, es verdad, fuimos emprendedores, más tarde empresarios, pero ahora nos han transformado en EMPRECARIOS, por eso te hago esta pregunta para saber si ya eres de los nuestros:


Y tú ¿también vas tirando?