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miércoles, 7 de mayo de 2014

CINCUENTA SOMBRAS DE QUÉ...

Metáfora de nuestras carreteras en cualquier puente: algunos pueden circular a una velocidad adecuada, otros van como ‘motos’ rozando la ilegalidad y, la mayoría, estamos ‘atascados’.

La situación económica general es igual para todos sólo que a unos les ha cogido en la carretera correcta y con el coche lleno de gasolina y a los más sin pasar la ITV, con el chivato de la reserva tocando las narices y en una infame vía en obras en la que sólo tienes dos opciones, parar en el arcén o aborregarte pensando que sería mucho peor estar parado.

Pero la economía en España parece que se ‘pone dura’, que fluye por ella la sangre como nunca (la que nos chupan a los españolitos) y la hace crecer y levantarse cada día más.

Tan excitada está nuestra economía, nos dicen, que nos va a eyacular encima en cualquier momento.

Sin embargo la España real parece decirle a nuestros jóvenes cual reencarnación de Lola Flores “Si me queréis, ¡irse!”

Será que esta juventud no ha descubierto la esencia del sadomasoquismo, ¡con el gustito que da!

Ahora que están de moda los romances (que dirían los portugueses) con tramas aterciopeladas de castigo consentido, España azota a sus ciudadanos con falacias sobre recuperación y crecimiento.

Los españoles, que no son tontos, perdón, vuelvo a empezar: los españoles que no son tontos, cada vez que reciben un latigazo en forma de subida del recibo de la luz, de copago sanitario, de salarios miserables, o cualquier precariedad del estilo, gritan, intentan rebelarse, desatarse de este estado de malestar en el que se ha convertido el país en el que viven.

Pero, para su desgracia, no se acuerdan de la palabra de seguridad, esa que es imprescindible para detener el placer cuando se convierte en sufrimiento. Quizá nunca hubo tal palabra, quizá nos la dijeron pero no le dimos importancia, quizá… Ya da igual, los azotes están dejando de tener gracia.

Sombras, eso es lo único que vemos tras la promesa de que en lugar muy, muy arriba existe un sol de recuperación económica que, necesariamente, pensamos, debe ser quién las genere al chocar con nuestros cuerpos estigmatizados por cientos de laceraciones mal curadas tras años de castigo consentido.

Cincuenta sombras, todas y cada una proyectadas hacia un suelo donde, como buenos sumisos, nos obligan a dirigir la mirada, un suelo lleno de mierda que los que manejan el látigo económico no ven ni huelen.

Cincuenta sombras ¿de qué? si la mayoría somos entes transparentes para la recuperación económica, futuros desechos tributarios cuando nos hayan exprimido la última gota de dignidad, inservibles hasta para el bondage más abyecto. 

Cincuenta sombras ¿de qué? si cuando nos demos cuenta la única silueta que proyectaremos algunos será del mismo grosor que la vara usada para darnos ‘gusto’. 

Esclavos puede, imbéciles jamás. Sabemos que en la negrura de la precariedad, del no futuro, de la miseria, no caben las sombras, por eso aunque el fingido orgasmo económico retumbe sobre nuestras cabezas, nos parecerá estar oyendo el doméstico restallar del látigo que nos arranca a jirones la esperanza de volver a ver la luz y, junto a ella, nuestra verdadera sombra.