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lunes, 24 de noviembre de 2014

CUENTA LA LEYENDA...

Cuenta la leyenda que un niño estaba en la playa construyendo un castillo de arena. Con un cubito de plástico algo estropeado y un pequeño rastrillo al que le faltaban varias púas, había logrado crear una magnífica obra de arte. De repente, sin que el niño se diera cuenta de que la marea había subido peligrosamente, una ola rozó la base del castillo y éste se empezó a desmoronar. Contra todo pronóstico, el niño recogió el rastrillo y el cubo y se fue de la playa sin mirar ni una sola vez como el mar engullía su creación.


Al día siguiente, el niño volvió a la playa con su incompleto rastrillo y su ajado cubo. Se sentó cerca de la orilla y empezó de nuevo a crear. El mismo mar que le había arrebatado su trabajo el día anterior le daba otra oportunidad. Y el niño lo sabía. Por eso cada día disfrutaba más que el anterior, y cada día su obra ganaba en perfección y belleza. Por eso cada día, cuando las empecinadas olas lograban acabar con la última de las almenas, el niño ya estaba muy lejos de la orilla, pensando en que, mañana, su castillo sería aún mejor que el de hoy.

domingo, 9 de noviembre de 2014

AMOR PROHIBIDO

Ella entró por el garaje del hotel sin que nadie pudiese verla, o eso le pareció, la cámara de seguridad se fijó especialmente en el nuevo aspecto que tenía esa noche, daba la sensación de que hubiera pretendido hacerse pasar por otra persona, casi podría decirse que no era ella, pero lo era.

Él entró por la puerta principal del hotel, con paso firme y rápido se dirigió a la recepción y, como había supuesto cuando reservó la habitación, a esa hora de la noche lo recibió el empleado que siempre hacía el turno de noche, un chico joven, con cara de despistado que pasaba las largas y solitarias horas nocturnas mandando mensajes a sus amigos a través de las redes sociales sin prestar demasiada atención a lo que sucedía a su alrededor.

Ella aparcó en la plaza de garaje más cercana a los ascensores y esperó, se dio cuenta de que en esa zona su teléfono móvil tenía poca cobertura pero consideró que era más que suficiente y que era preferible quedarse dentro del coche hasta recibir la llamada.

Él le plantó al chico de recepción su pasaporte acompañado con una tarjeta de crédito. Prefería usar ese documento como identificación porque la fotografía representaba un hombre mayor, cansado, con ojeras y una gran barba blanca que llamaba la atención respecto al poco pelo que se veía en la cabeza. Nada que ver con su aspecto actual, sin pelo, sin barba y sin bolsas en los ojos gracias a una operación de cirugía estética que le había costado un dineral pero que le había quitado diez o más años de encima.

Ella se removía incomoda en el asiento del coche, no estaba a gusto, especialmente porque aquél vehículo alquilado no tenía nada que ver con el Audi que ella usaba y en el que se sentía poderosa, atractiva, capaz de comerse el mundo. Y el móvil seguía sin darle noticias, ni en forma de mensaje (el modus operandi habitual) ni en forma de llamada. Decidió tener un poco más de paciencia y se puso a juguetear con la radio.

Él firmó el registro de entrada y le agradeció al recepcionista que no intentase explicarle cómo funcionaba la llave electrónica de la habitación o a qué hora abría el comedor donde se servía el  desayuno (al que no pensaba quedarse). Recuperó su pasaporte y su tarjeta y salió disparado para el ascensor. El chaval de recepción ya estaba de nuevo absorbido por Facebook cuando él pulsó el botón que le llevaría al séptimo piso. Ese despiste natural, inherente a su persona, le impidió darse cuenta de que algo no encajaba, aquél huesped no portaba equipaje de ningún tipo, lo que para un establecimiento de esa categoría era algo raro, tanto como que al él lo hubieran fichado para encargarse del turno de noche.

Ella se sobresaltó cuando su teléfono se iluminó de repente avisándole que había recibido un mensaje. Dentro de ese coche y en la primera planta de aquél parking inhóspito a esas horas de la noche, lo único que quería es subir de una vez a la habitación 709 , tres cifras que componían el único texto que aparecía en el móvil. 

Él abrió la puerta de la habitación con la destreza propia de quién está acostumbrado a deambular por todo tipo de hoteles de cierto nivel y, como un resorte, con la puerta todavía entornada, introdujo la llave electrónica con forma de tarjeta de crédito en la ranura que estaba a su derecha. Como si ese agujero estuviese ávido de recibir algo en su interior, en cuanto la tarjeta llegó al final del hueco, la habitación se iluminó en todo su esplendor. A toda velocidad, él se dirigió a la ventana y, de un tirón casi brusco, agarrándola con fuerza, corrió la gran cortina de motivos arabescos que descansaba a un lado de la gran ventana del cuarto.

Ella comprobó que dentro de su bolso estaba todo aquello que necesitaba, abrió la puerta del coche, salió con mucho cuidado vigilando que las medias que cubrían sus largas y delgadas piernas no sufriesen ningún percance, de pie, se colocó la falda y cerró dando un portazo. Cuando ya estaba a punto de entrar en el ascensor se dio cuenta de que no había pulsado el mando a distancia y que el coche había quedado abierto. Su Audi contaba con un sistema que cerraba automáticamente el coche si, al cabo de tres minutos, nadie lo había hecho y si no detectaba movimiento en su interior. Se asomó a la puerta del garaje y extendió su brazo izquierdo en dirección al coche pulsando el mando de aquel coche infame.

Él se puso cómodo. Estaba algo más relajado y decidió quitarse la chaqueta. Otra vez lo había logrado, aunque empezaba a hartarse de vivir a hurtadillas y de tener que trasnochar de aquella manera. Añoraba los tiempos en que se sentía libre para pasearse a la luz del día con cualquiera sin levantar sospechas. Aguzó el oído. 

Ella clavó sus tacones en la mullida moqueta del pasillo del séptimo piso. 706, 707, 708, por fin la 709. Con un leve toqueteo de sus uñas llamó a la puerta, aunque de forma instintiva ya sabía que esa puerta se abriría en un momento, repitió la acción sin pensar, casi como si de una pieza de percusión se tratara. La melodía surtió efecto.

Él escuchó el sonido que tantas otras veces había escuchado en el último año, sabía que no dejaría de sonar si se demoraba en abrir la puerta, así que se levantó y cruzó la habitación en un vuelo. “Es como una clave, una contraseña, nuestro santo y seña” pensó. Y abrió.

Ella y él ya eran ellos de nuevo. Él un alcalde homosexual de una ciudad pequeña. Ella la dueña de una empresa mediana dedicada a la obra pública felizmente casada. Amigos íntimos desde pequeños hoy obligados a mantener su amistad en la clandestinidad, a ser una suerte de amantes furtivos creada por la situación política actual, donde un empresario y un cargo público sólo son corruptor y corrupto.


Ellos se sentaron en el amplio sofá de la habitación, abrieron dos pequeñas botellas del mini bar y dejaron que su conversación, basada en el respeto, la honestidad y la confianza, les transportase hasta el amanecer.