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jueves, 22 de enero de 2015

Adiós, Al.

Hoy, querido Al, todas las teclas del piano del Savoy son negras. 

Tus personajes, esos que adornan el interior de sus armarios con muertos poco reconocibles, se han reunido en el bar para brindar por ti.

Habéis compartido bourbon, alguna que otra sábana con dibujo de mujer y mucho humo lleno de confidencias y consejos.

Según me confesó Lorraine Sanders hace algunos años, tu sombra ligaba mucho más que tú, “por eso”, me decía, “Al, sólo sale de noche”.

Estoy seguro de que se echará de menos el tintineo de los cubitos de hielo que siempre se quedaban sin derretir en tu vaso. Era el primer aviso de que tu cuerpo ya ocupaba el asiento detrás de la barra esperando a reunirse con tu ingenio.

Lo lograste, Al. Por fin tu cuerpo es sinónimo de tu cadáver. Ya no tienes que volver a preocuparte, como le decías a Sara Jones cuando dejabas tus billetes en su mesilla de noche al lado del vaso con su dentadura, si alguien se daría cuenta de que la corbata con la que algún día te incinerarían  era de auténtico poliester. 

Te dejaste llevar Al, reconócelo, sabías que incluso con la marcha atrás puesta, algunos automóviles buscan desesperadamente un precipicio por el que lanzarse. 

No te lo reprocho, siempre me dijiste que el paraíso donde aspirabas a vivir, era como el tocador de señoras del Savoy, donde todas dejan sus pistolas apoyadas en el mármol mientras se disparan con barras de rimel unas a otras. 

En ese fuego cruzado de miradas peligrosas hubieras querido caer herido de muerte, para que tu silueta fuese pintada en las baldosas relucientes con una barra de carmín aún por estrenar.

Que el forense te encontrase así, con tu sangre temerosa de cruzar los límites del rojo pintalabios, eso sí hubiese sido épico, Al, nada que ver con la mortecina luz de una habitación de hospital en la que los únicos enfermos que parecen guapos son los que ya tienen elegido el tanatorio.

La otra noche, mientras detrás de la barra Sam mojaba la única aceituna del Savoy en todos y cada uno de los martinis que iba sirviendo, me confesó que Kathy Smith estaba enamorada de tu forma de joderte la vida “Al es el hombre perfecto, con él siempre tienes la garantía de que las cosas acabarán mal” Y, mira por donde, tenía razón.

Si en los próximos años, antes de que amanezca, me encuentro una metáfora tuya, prometo regalarle rosas del nueve largo, como tus almas Al, como tus almas.