Páginas vistas en total

viernes, 13 de marzo de 2015

Mr. Shit

Cuando descubrió que Facebook no significaba ‘Caralibro’ canceló su cuenta. 

Aunque ya sospechaba algo, porque era imposible encontrar la pestaña ‘libros’ entre la de ‘noticias’ y la de ‘amigos’, cuando puso en Google “Facebook traducción” lo acabó confirmando.

Él estaba especializado en buscar en Google cosas que no arrojaban ningún resultado, era su hobby. Lograr que signos de puntuación, interrogaciones, palabras inexistentes o secuencias de números volvieran loco al buscador era una de sus aficiones preferidas. 

Internet le había permitido crear su ‘frikilandia’ particular. Podía decidir sin cortapisas cómo y cuando quería relacionarse con el resto del mundo, probar las ideas más absurdas y gozar con sus pequeños logros. Como cuando paseó 24 horas seguidas por Nueva York creyéndose el muñequito del ‘street view’ y con la satisfacción de que, por arte de magia (o de Google), había conseguido que ese día nunca se pusiese el sol, casi como en el polo norte durante el día más largo del verano.

Su inglés era deficiente, eso nos ha quedado perfectamente claro al principio, pero lejos de ser un impedimento, lo hacía todo incluso más interesante para él. Se lanzaba a la piscina inmensa de la red de redes sin prejuicios, pero también es cierto que sin saber nadar y sin manguitos, porque lo suyo no era navegar, de ese barco ya se había caído (si es que alguna vez había ido en él), lo que hacía era intentar no ahogarse chapoteando de web en web, lo que muchas veces le acababa bloqueando el ordenador llenándolo de tanta basura que ni encendiendo y apagando lograba devolverlo a la normalidad.

Le habían regalado una tablet, y también tenía un teléfono inteligente, pero él era más de PC, del suyo, de esa infinidad de cables de los que dependían (o pendían) una pantalla, una web cam, un teclado, un ratón, unos ‘parlantes’, un router y una impresora unifunción (ya que sólo imprimía en blanco y gris, de lo vieja que era).

Toda la inteligencia del teléfono la reservaba para contestar llamadas y la tablet para leer libros electrónicos ¡lo que se hubieran ahorrado comprándole un Kindle en vez de un Ipad!

Un día normal para él era un día en Internet, el vivía literalmente dentro de la red: sus mejores amigos eran los asistentes personales (que no personas) de ciertas webs, en particular se había enamorado de ‘la sueca’ ,como él llamaba a la asistente de IKEA, y con ella podía estar diariamente ‘conversando’ más de una hora seguida (el tiempo le sobraba, a los dos).

Otra de sus aficiones era un juego que él mismo se había inventado: consistía en gastarse un millón de euros imaginarios en el menor tiempo posible en procesos de compra inacabados en cualquier tienda electrónica, eso sí, ‘gastando’ en cada cesta de cada una de esas tiendas un máximo de 100 €.

Al principio tardaba casi 10 horas en lograrlo, especialmente porque los procesos de registro y compra de muchas páginas de comercio electrónico parecían hechas a propósito para evitar que el cliente se gastase allí el dinero, pero, con la práctica, había logrado su mejor marca un día que estaba especialmente inspirado y que descubrió la infinidad de posibles compras de menos de 100 € que se pueden procesar en el mundo de los medicamentos. 

Es cierto que para el récord influyeron los cientos de webs donde había ido dejando sus datos en las ‘partidas’ jugadas anteriormente, pero el caso es que en 2 horas y 18 minutos se ventiló el millón de euros (y conservaba las capturas de pantalla para demostrarlo, regla que se había autoimpuesto él mismo para hacer el juego más serio).

Cuando no tenía ganas de jugar a ser millonario, sus ocupaciones iban por otro lado, un lado también muy especial: hacía un primer comentario en cualquier artículo, post, web, blog o portal que todavía no hubiera tenido comentarios. 

Para eso siempre usaba el mismo ‘nick’ y, bien fuese un artículo sobre la obesidad o bien sobre la extinción de la abeja australiana (le daba igual el tema), si no había ningún comentario, allá iba él a dejar su ‘cagadita’.

De hecho él se autodenominaba ‘Mister Shit’ (por un error tipográfico, porque él en realidad quería llamarse Mr. Sheet, identificándose como un fantasma de la red -por lo de la sábana-) pero tampoco le importaba que, si alguien más se animaba a continuar los comentarios sobre la susodicha abeja (pongamos por caso), aprovechase la equivocación cometida con el WordReference para ensañarse con él y su primer comentario. 

Aunque de vez en cuando volvía sobre los lugares donde había dejado su ‘mierda’ nunca respondía a los comentarios que pudieran haberse hecho a continuación del suyo, igual que, como apuntábamos antes, nunca cayó en la tentación de escribir nada en sitios donde alguien ya hubiese dado su opinión al menos una vez. Así eran sus principios (y sus finales).

Sólo temía a dos cosas en esta vida: a la muerte y a quedarse sin red. Y él sabía que ambas iban a suceder, una de ellas más pronto que la otra, pero si tenía que elegir, prefería que dios (Google creo que lo llaman ahora) se lo llevase sin sufrimiento de este mundo y que, los que quedasen atrás, desenchufasen el router.

No creía en el cielo como tal, pero sí en que su yo virtual viviría para siempre en ‘la nube’, quizá descansando en alguna carpeta vacía de Dropbox o jugando al escondite detrás de alguna transacción de PayPal oculta al fisco. A lo mejor se reencarnaría en cuenta de Gmail y se pasaría fagocitando spam hasta la eternidad o, simplemente, quedaría etiquetado sin permiso hasta el fin de los días en algunos de los álbumes de fotografías de ‘Caralibro’.

Le daba igual, de un modo u otro sería la vida eterna y, en esa nueva vida, hasta Anna ,’la sueca’ de los muebles, llegaría a corresponderle con su amor.

Cerró los ojos, especialmente enrojecidos tras más de 10 horas delante del brillo intenso de su antigua pantalla, y esa noche se fue al lugar en el que siempre quiso estar, un lugar que descubrió demasiado tarde, el día que lo ingresaron en la residencia-hospital con más de 90 años. 

Su verdadera vida sólo duró unos meses, lo que el cáncer tardó en llevárselo, pero fueron horas intensas, increíblemente felices, las más felices. 

Muchos le echaremos de menos porque ¿quién va ahora a poner el primer comentario en nuestros posts?

Cenkiu Mr. Shit. 

Descanse en paz.com