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martes, 18 de octubre de 2016

DOÑA MARÍA Y LA MAGIA DE EMPRENDER

Doña María era una señora de edad indefinida o, mejor dicho, de edad infinita, porque el día que nos visitó podría haber superado ya los cien años, aunque en su mirada seguía alojada la curiosidad de una niña. 

Precisamente fue esa curiosidad la que un día, hace ya unos meses, le hizo pararse delante de la puerta de la asociación de emprendedores e intentar entrar empujándola, al no encontrar un timbre donde pudiera poner uno de sus larguísimos dedos.

Su siguiente reacción, al ver que la puerta no se abría, fue la de pegar su cara al cristal utilizando su mano derecha a modo de visera y comprobar que yo estaba dentro, momento que aprovechó para dar unos pequeños golpecitos con la otra mano que me hicieron levantar la vista de la pantalla del ordenador y descubrirla. 

Rápidamente me levanté y fui a abrir la puerta haciéndola pasar, fuera hacía bastante frío y me pareció tan frágil que pensé que si se quedaba un minuto más en la calle una ráfaga de viento no muy fuerte la depositaría en la playa del Orzán.

Ella entró, pasó esa mirada curiosa por todos y cada uno de los rincones de la sede y, sin darme tiempo a abrir la boca me dijo: «Me llamo María y yo, hace mucho tiempo, también fui emprendedora, aquí, en Coruña»

Y empezó a contarme como, hace muchos, muchísimos años (tantos que creo que aún los españoles no nos habíamos empezado a matar entre nosotros), en una época de miseria para muchos, emigración para algunos y privilegios para casi nadie, ella era una rapaciña de poco más de quince años que vivía en un pequeño bajo con su madre y sus tres hermanos pequeños, muy cerca de la torre de Hércules, y que, como ella mismo me dijo «Éramos una familia que teníamos todo de nada».

El caso es que algo me decía que no la interrumpiera, que ella sola me contaría lo que había venido a contar. Y así fue.

«Yo iba a todas las ferias que había en Coruña y en los pueblos cercanos, incluso alguna vez llegué hasta Betanzos»

No me hizo falta preguntarle que es lo que vendía en las ferias, y tampoco hubiera estado acertado con esa pregunta, porque vender, lo que se dice vender, doña María (Mariquiña en aquella época) no vendía ningún producto.

«Mi madre guardaba un caldero de cobre bastante grande que apenas usábamos porque no teníamos lareira como mis abuelos y yo, sin que ella me viese, el día de feria antes de que amaneciese, lo llenaba de algo de leña que iba recogiendo a lo largo de la semana donde podía y salía de casa andando y cargando con él en la cabeza. Pesaba bastante, pero yo era fuerte y me animaba a mí misma pensando que, a la vuelta, vendría vacío. Además, en un pequeña bolsa de tela llevaba los fósforos, las cuerdas y los anzuelos grandes»

Esto último de los anzuelos acabó por descolocarme y ahí estuve a punto de interrumpirla, pero ella fue más rápida y siguió hablando.

«Cuando llegaba a la feria, normalmente antes del mediodía, escogía el mejor sitio posible, en un lugar cubierto, protegido del viento y muy visible desde los puestos y tenderetes donde pasaba más gente, y era allí donde sacaba la leña del caldero de cobre, me acercaba con él a la fuente más cercana y lo llenaba de agua, no sin cierta dificultad, lo depositaba encima de la leña y, metiendo la mano con mucho cuidado en mi bolsa de tela, sacaba las cuerdas y los anzuelos atados al final de cada una de ellas. Una a una, introducía las cuerdas en el agua del caldero dejando que el anzuelo se sumergiese hasta tocar el fondo y procurando dejar también un buen trozo de cuerda colgando fuera, pero sin que ésta llegase a entrar en contacto con el fuego que, inmediatamente, yo encendía con uno o dos fósforos y un poco de papel»

Yo seguía embobado con el relato de doña María y le pedía, sin necesidad de pronunciar palabra, por favor que siguiese. Y así lo hizo.

«Y el momento mágico tenía lugar. Poco a poco la gente se iba acercando con sus trozos de carne en la mano (de gallina, de ternera, de conejo, pero especialmente de cerdo) y, entonces, cada persona señalaba una cuerda, yo la agarraba y, sacando el anzuelo del agua caliente, ensartaba en él la pieza que me daba dejándola caer de nuevo hasta el fondo del caldero, hacía uno o varios nudos en el extremo de la cuerda para que el dueño de cada trozo de carne pudiese identificar cuál era la suya. El fuego, el agua y el tiempo hacían el resto. Cuando yo sabía que la carne ya estaba cocida, tiraba de nuevo de la cuerda, avisaba a su dueño, que normalmente me daba una perra chica, y ya tenía libre la cuerda para otro cliente»

Y Mariquiña volvió a ser doña María. Y tal como había llegado se fue. Farfulló algo así como que su nieto mayor la estaba esperando, se levantó de la silla, ella misma abrió la puerta de cristal y, cuando me quise dar cuenta, salí a la calle y ni a derecha ni izquierda fui capaz de atisbar su menuda figura.

Desde ese día la asociación está más abierta que nunca a todos los emprendedores, vengan de donde vengan, tengan la edad que tengan y hagan lo que hagan. Porque un emprendedor es todo aquel que quiere ganarse la vida por sí mismo, sin depender nada más que de su ingenio y de su esfuerzo, como doña María, que en tiempos mucho más difíciles que los actuales consiguió ‘hacer magia’.